28/6/08

Comentario artístico de Miguel Lopez Guadalupe , Doctor en Historia del Arte de la Universidad de Granada


LA PINTURA DE MANUEL PRADOS GUILLÉN

A sus 22 años de edad, Manuel Prados Guillén representa hoy una apreciada firma en el mundo artístico granadino, especialmente en el ámbito de la pintura de nuestras tradiciones, costumbres y devociones, terreno reacio a novedades, donde Manuel Prados, sin embargo, sabe imprimir a sus obras ese aire de casticismo y a la vez de originalidad y frescura.
Tuve ocasión de conocerle tres años atrás, cuando su nombre ya sonaba en el mundo cofrade granadino, ávido siempre de creaciones artísticas. Ciertamente el arte y la artesanía tienen mucho que ver con esta realidad asociativa que mantiene viva lo mejor de nuestras tradiciones ancestrales, dentro de un gusto artístico refinado.
Un gusto con el que Manuel Prados supo conectar perfectamente, como lo muestran sus originales carteles para hermandades como la de Jesús Despojado, la Soledad de Guadix o la granadina del Stmo. Cristo de San Agustín, cuyos encargos seguí de cerca en aquel año 2004, o la Federación de Cofradías, como el cartel conmemorativo del Dogma de la Inmaculada Concepción.
La lógica incertidumbre que despierta siempre la juventud de un artista se disipó al momento, al comprobar la calidad humana y artística de Manuel Prados. Recibió los encargos con auténtica entrega, dibujando bocetos una y otra vez, matizando detalles, corrigiendo trazos sin que nadie se lo pidiera. Sus cuadernos de dibujo están llenos de bocetos, algunos de ellos tienden al “más difícil todavía”, con un atrevido desafío de la ley de la gravedad. Sólo cuando él se encuentra satisfecho –y nunca lo está del todo- da el paso de trasladar su dibujo, su idea, sobre el lienzo o la tabla.

Esto significa, aunque no siempre se advierta con claridad -ahí reside la habilidad del artista-, que sus cuadros presentan gran complejidad compositiva, tanto en la variedad de los elementos integrantes, como en la postura de las figuras y ángulos de vista de los objetos. No se asusta ante las exigencias de la perspectiva y sabe salir airoso aún en los más atrevidos escorzos.
En el terreno compositivo nos manifiesta, por tanto, ese dominio de la técnica, aquilatado en una larga experiencia, a pesar de su juventud, y en el contacto práctico con las obras de grandes maestros de nuestro pasado artístico, a los que supo seguir en retratos y frescos para órdenes religiosas y cuyos ecos se mantienen en su ya extensa cartelería, eminentemente religiosa, pero también festiva, como lo muestra el cartel de las fiestas del Corpus Christi de Granada.


Siempre sorprende en sus composiciones, cada una de ellas muy estudiada, cada una de ellas muy distinta a las demás. Todas con un fuerte sabor historicista, con un espléndido manejo de la emblemática, de forma que puede entenderse el todo por la parte, por un elemento que pasa casi desapercibido, pero que, sin embargo, encierra un significado profundo.

Su capacidad para ensamblar elementos dispares, pero siempre significativos, en una única escena nos transmite su atención permanente a las indicaciones de quien o quienes hacen el encargo y su deseo de atender a las circunstancias que les proponen, caso muy apreciado en el mundo cofrade. Aún así, siempre nos sorprende por su capacidad creativa, cuando, por ejemplo, es capaz de transformar las figuras que acompañan a Cristo en el calvario en santos franciscanos, de imprimir a un costalero la grandiosidad de una escultura clásica o de convertir un rostro femenino andaluz en la cara de una representación de María. Su facilidad para el retrato es asombrosa, pero siempre deja en ellos su inconfundible sello personal. Rostros de personas y de imágenes se nos presentan con una expresión natural, a veces, como en el cuadro de la Soledad de José de Mora o el cartel de la Virgen del Martirio de Ugíjar (Granada) con una rigurosa y exquisita fidelidad.

Junto a esa complejidad compositiva, suele añadir el pintor elementos preciosistas, como flores, insectos, bordados o flecos, con todos los detalles, caprichos de artista, cultivados por pintores de todos los tiempos, que realzan lo anecdótico, e incluso lo exótico, para suavizar la tensión de determinadas escenas. Estos elementos, en un caso como el de Manuel Prados, de formación artesanal y casi autodidacta, resaltan aún más por la extraordinaria observación del natural que traslucen.

Le gusta a Prados Guillén recrear escenas de gusto barroco con un colorido tenebrista. Un medido juego de penumbras y de luces mortecinas que ofrece un fondo inmejorable para cuadros de temática religiosa, enlazando con la mejor tradición pictórica de este carácter. Pero junto a ello, destacan intensos focos de luz, para iluminar de forma adecuada los elementos que le interesan, e incluso sabe modular una intensidad luminosa cuando las circunstancias lo exigen, como en cuadros para un Cristo Crucificado con aires marineros o para la exaltación de la Inmaculada Concepción sobre un rompiente de gloria.


La conjunción de las naturalezas muertas y de la figura humana –divinizada cuando lo exige el tema-, junto a paisajes urbanos y campestres, es otra característica de sus obras, patente en su ya extensa cartelería, especialmente religiosa y cofrade. Todas ellas se inscriben dentro de un elaborado clasicismo con correctísimo dibujo. Se diría, en suma, que sobre los elementos preexistentes, que capta del natural, de otras obras pictóricas y de la consulta de obras impresas, crea en cierto modo sus propias “iconografías”, con aire antiguo y orientación moderna. De esta manera, es de esperar aún mayores frutos en la recreación de temas religiosos y profanos salidos de su pincel.

De hecho, lleva más de un año trabajando en una serie muy original que profundiza en las raíces granadinas. Los cuadros de corte folclórico, con importantes concesiones al paisaje, fluyen con naturalidad de su paleta. Me atrevo a decir que le importa el concepto, más allá del tipismo, para reflejar, sobre todo en pequeño formato, todo un elenco de la identidad granadina.
En esta serie su paleta se muestra más viva, más alegre y variada. La luminosidad de los cielos de Granada, tornasolados en matices infinitos, supera aquellos fondos de penumbra antes descritos. La luz inunda los cuadros, mas lo hace sin estridencias. Lo mismo ocurre con los focos de luz que gusta situar en los fondos arquitectónicos, con edificios –puertas y ventanas- abiertas al aire de Granada.

Hasta qué punto prefiere el concepto, se manifiesta en esa intencionalidad de representar monumentos muy característicos casi aislados de su contexto, bellos en sí mismos, expresivos sin aditamentos, esenciales. Esa búsqueda de esencias se ha acentuado, dando un aire nuevo, de siglo XXI, a la mejor tradición pintoresca decimonónica. Sus más actuales cuadros de pequeño formato tienen ese gusto romántico y esa pulcritud en la ejecución, con pinceladas precisas, exactas, limpias, y efectos cromáticos interesantísimos, que sacan el mejor partido a un campo difícil en Granada, por superexplotado, como es el paisaje urbano.
Su gusto historicista se muestra en la recreación de monumentos antiguos –hoy desaparecidos-, en el reflejo de trazados urbanos del pasado, hoy muy modificados, lo que confiere a sus cuadros un valor añadido de memoria histórica, la reivindicación de lo que siempre debió ser y, por negligencia, ha dejado de ser.
Esencia en los paisajes, esencia en los personajes. También aquí Manuel Prados opta por el concepto. La alegoría no es fácil y cuando se cultiva con éxito, como es su caso, responde a un sentimiento interior que se deja libre como las alas de una paloma, después de un productivo cautiverio centrado en la meditación.
De este modo, no pinta un torero, sino la alegoría del toreo, ni una danza oriental, sino la vaporosa metáfora del desnudo en movimiento. Los ríos de Granada se han convertido en tres “gracias” que elevan la imagen del agua –de la vida, con toda su sensualidad- a un terreno casi trascendente. El flamenco se convierte en una incitante representación de Venus. Porque los modelos clásicos no pasan nunca y se adaptan a todos los tiempos, también a la forma de ser y sentir de Granada.
En estos cuadros alegóricos unas veces sacrifica el paisaje, como telón referencial para figuras esculturales, no en vano profundiza con sus estudios y experiencia en el campo del modelado y de la talla. Pero en otros, nos presenta el paisaje en su grandeza, con evocaciones antiguas en las que los edificios hechos por la mano del hombre no disienten –como quería Ganivet en su “Granada la Bella”- del paisaje natural, antes bien se funden en una equilibrada armonía. Y entonces la obra de arte adquiere su auténtica dimensión, por encima de otras interpretaciones más elaboradas: la de producir el goce estético en quienes las contemplan.

Además, huyendo de la pintura plana y sin pulso, nos ofrece en sus últimas obras una sinfonía de perspectivas y de planos, con un hábil juego de colores y difuminados, la atmósfera pictórica en el mejor de sus estados, que son, más allá de un alarde de naturalismo e inspiración en la realidad, la forma de destacar el elemento central: un monumento, una figura, un objeto…, el que auténticamente da sentido al tema representado. Y todo ello con toques preciosistas, de sabor antiguo, en los ángulos, cuajados de arabescos o de formas vegetales para suavizar la rotunda linealidad de los bordes del lienzo o de la tabla.
Su inicial tendencia al “horror vacui” se va así diluyendo en un preciso estudio de los volúmenes y de los vacíos, porque los unos no se entienden sin los otros. Y sólo de forma puntual, para darle vida a la escena, para recrear tipos castizos o estampas de la vida festiva y cotidiana, introduce figuras muy significativas y bien relacionadas entre sí: los personajes que celebran una comunión, los goyescos oferentes de flores a Santa María de las Angustias, el bandolero de brazo robusto que extiende su mano hacia una niña…
Todas sus obras, en fin, son sumamente personales, huyendo de la burda imitación e insistiendo, desde luego, en una estudiada inspiración en maestros de todos los tiempos y una finísima intuición para impregnar sus obras de belleza y originalidad.

Autor Texto : Miguel Luis López-Guadalupe Muñoz